Mozart, Bill Gates o Einstein son la prueba de que la genialidad no es un don innato, sino fruto de un aprendizaje de horas.
Diez mil es el segundo número mágico de la psicología.
El primero en orden de descubrimiento fue “7+(-2)”. Lo descubrió George Miller
e indica que el espacio de nuestra conciencia o de nuestra memoria inmediata sólo puede albergar entre cinco y
nueve datos. Un número de teléfono está justo en el límite. Luego se descubrió
que nuestra inteligencia es muy astuta, y que puede albergar más información
chunkineando, palabra que me gustaría lanzar, y que significa “agrupar para
simplificar”. Recordar 3 y 8 ocupa dos plazas del garaje de la memoria, pero 38
sólo una. ¿Y el número “diez mil” a qué se refiere?
Al
número de horas que hay que dedicar a una actividad para llegar a dominarla. La
edad me permite constatar que la psicología está sometida a modas. Hubo una
época, heredera del romanticismo, en que la genialidad era un don de los dioses
o de la Naturaleza ,
así, con mayúsculas, o de la locura. Luego, de una manera más prosaica, se
atribuyó a la genética. Ahora, la balanza se inclina en dirección contraria. El
esfuerzo, la tenacidad, el entrenamiento toman la delantera. La genialidad es
una larga paciencia.
Tal vez los primeros estudios que intentaron demostrarlo científicamente fueron
los de K. Anders Ericsson en la
Academia de Música de Berlín. Preguntó a los alumnos de
violín excepcionales, a los medianos y a los peores cuántas horas practicaban.
Los intérpretes de élite ensayaban muchas más horas. A los 20 años, habían
acumulado ya sus diez mil horas. Hicieron después la misma prueba con pianistas
profesionales y aficionados. Sucedía lo mismo. No había genios veloces. El
neurólogo Daniel Levitin comenta: “La imagen que surge de tales estudios es que
se requieren diez mil horas de práctica para alcanzar el nivel de dominio
propio de un experto de categoría mundial, en el campo que sea”.
Los
estudios sobre los grandes maestros de ajedrez confirman esa duración del
aprendizaje. Michael Howe y Harold Schonberg han comprobado, al estudiar la
precocidad de Mozart, que también cumple la ley. Durante toda su infancia y
adolescencia trabajó como una mula. Bill Gates había conseguido pasar diez mil
horas delante de un ordenador –lo que en ese momento era dificilísimo– antes de
cumplir los 20 años. Einstein dijo: “No soy tan inteligente. Es que peleo con
los problemas mucho más tiempo”. Cuando le preguntaron a Newton el secreto de
su creatividad científica, respondió: “Noctedieque incubando”, dándole vueltas
de día y de noche. Por su parte, la genética también se bate en retirada. No es
un destino tan férreo como se pensaba. Avanza la epigenética, que se basa en el
hecho innegable de que la expresión de los genes se da en interrelación con el
entorno.
Es
fácil comprobar que los grandes creadores tienen una colosal energía. Los
antiguos los llamaban enérgoumenoi, hiperenergéticos. Todo esto me interesa
mucho, sobre todo ahora que estoy revisando lo que se sabe acerca de la
motivación, de la movilización y dirección de nuestra energía mental. Nuestra
inteligencia es un prodigioso mecanismo para captar, elaborar y producir
información. Pero vale muy poco si no está impulsada por una poderosa energía
que mantenga su esfuerzo y la lance hacia metas altas y valiosas. El viejo
Spinoza tenía razón: “La esencia del hombre es el deseo”. Y también la tenía el
más viejo aún Agustín de Hipona: “Cada uno es lo que ama y cómo lo ama”.
Sospecho que aquí está el secreto de la gran pedagogía. Todos los genios son
amantes entusiastas de lo suyo... al menos durante diez mil horas.
Jose Antonio Marina

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