lunes, 30 de diciembre de 2013

¿Habrá una segunda vez?


La relación sexual y amorosa tiene mucho de teatral. Entrega metódica o desmedida. Puesta en escena con diálogo o soliloquio. Deseo y violencia carnal. El camerino al otro día ofrece distintos ángulos para los amantes que acaban de conocerse. Verse la cara fuera del escenario es la incertidumbre sin equívoco.


El amante pide un café. Con azúcar, es torpe. Los mismos dedos que derrochan la azucarera, hace unas horas ingresaban a la boca y a la vagina. La mujer se siente extraña frente a este desconocido que conoce toda su intimidad pero no su segundo nombre. Las preguntas difíciles vendrán después. Si acaso hay un segundo encuentro, que siempre tendrá espíritu de ceremonia. Ella se quita la ropa y el sostén. Ella cierra las cortinas. Ella pone su móvil en vibrador. Y el amante se regodea en su buena suerte. La mujer ingresa y es recibida por los brazos del amante que ofrecerá lo mejor del menú.
Es en la segunda noche cuando la mujer tendrá la certeza de más encuentros o de ninguno. Pero Eros ama la incertidumbre. Baja el telón y los amantes regresan a su rutina. El quehacer y las obligaciones para ganarse el pan. La suerte se prueba en la contienda nocturna. Allí los amantes vuelven a descubrirse y está vez se van a la cama sin máscaras, salvo las comisuras o las cicatrices que no se alcanzan a maquillar. La mujer fingirá o disfrutará, según las facultades del amante de turno. Y enfocará su ojo avizor en búsqueda de señales inequívocas de cariño o afecto.
La mujer, buscará amor, abrazos y besos. Luego de tres o cuatro noches en las que fue penetrada con furia, su deseo es el vórtice de las manos que acarician la boca y la espalda. La mano que envuelve y que acerca una copa o invita a comer.
El amante está en el mejor escenario para una mujer que ofrecerá su cuerpo y su tiempo a cambio de horas de sexo y placer. Y tendrá la posibilidad de crear un vínculo con una mujer que le desea. O continuar huyendo, buscando, olisqueando, malqueriendo.

Lo mismo se aplica a la mujer que encuentra al amante ideal y lo desecha al primer rayo de luna.
Amantes de turno y tráfico aéreo que debían siquiera reseñarse, incluido el código postal. Quizá en una década sea necesario realizar alguna prueba de ADN instantánea que ofrezca información sobre pasado inmediato y futuro próximo.

El juego sexual es una lotería para quienes se entregan a la noche y sus desechos o triunfos.
El deseo encuentra su máximo esplendor cuando el enfoque es la pérdida de la realidad con luces de neón, éxtasis, licor y música electrónica. El peligro se asocia a la aventura, cuyas consecuencias nunca se vaticinan en el espejo de los lavabos públicos. El olor de la incertidumbre, nuevamente, conecta nuestros deseos más profundos con el instinto de seguridad y autoconfianza, soy capaz de llevarme a la cama a quienquiera y sigo como si nada.
Sube el telón. En el escenario, dos amantes se entregan con fruición y las lenguas voraces se turnan para lamerse boca y genitales. El placer es reciproco. El acto radica en entregarse y abandonarse. Perecer o doblegarse bajo el peso o sobre el miembro del nuevo desconocido. La entrega desmedida de fluidos corporales que serán eliminados en la primera lavada. Imprescindible, para despojarse de confusiones o delirios. O fascinante, si el encuentro íntimo fue radical, mágico. Sagrado, en el mejor de los casos.
Nada mejor que prorrogar el momento del baño para conservar por más tiempo el olor a semen, entre las uñas.
El recuerdo de alguna sonrisa, el gesto o el grito de placer frente al milagro que acaba de suceder.

Los amantes se entregan y se juegan su vida y su suerte por un encuentro con un desconocido que solo ofrece una sonrisa y paraísos perdidos y posibles a partir de la nada.
De ahí que la vida bulle en hoteles con habitaciones que se pagan por horas. El sexo es un juego, dulce y macabro como el amor. Un pasadizo simultaneo al placer y a la muerte. No en vano, el orgasmo es una pequeña muerte. Dulcísima. La esencia que obliga al delirio de querer morir nuevamente. El sexo es el escenario fugaz donde declinan todos los ángeles caídos.

(*) Karim QuirogaEscritora y poeta colombiana. Ganadora del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, estudió políticas de integración de personas inmigrantes y mediación cultural en la Universidad de Alicante. Ha publicado el libro'Retrato de un amante holandés'.


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