La relación sexual y amorosa tiene
mucho de teatral. Entrega metódica o desmedida. Puesta en escena con diálogo o
soliloquio. Deseo y violencia carnal. El camerino al otro día ofrece distintos
ángulos para los amantes que acaban de conocerse. Verse la cara fuera del
escenario es la incertidumbre sin equívoco.
El amante pide un café. Con azúcar, es
torpe. Los mismos dedos que derrochan la azucarera, hace unas horas ingresaban
a la boca y a la vagina. La mujer se siente extraña frente a este desconocido
que conoce toda su intimidad pero no su segundo nombre. Las preguntas difíciles
vendrán después. Si acaso hay un segundo encuentro, que siempre tendrá espíritu
de ceremonia. Ella se quita la ropa y el sostén. Ella cierra las cortinas. Ella
pone su móvil en vibrador. Y el amante se regodea en su buena suerte. La mujer ingresa y es
recibida por los brazos del amante que ofrecerá lo mejor del menú.
Es en la segunda noche cuando la mujer
tendrá la certeza de más encuentros o de ninguno. Pero Eros ama la incertidumbre.
Baja el telón y los amantes regresan a su rutina. El quehacer y las
obligaciones para ganarse el pan. La suerte se prueba en la contienda nocturna.
Allí los amantes vuelven a descubrirse y está vez se van a la cama sin
máscaras, salvo las comisuras o las cicatrices que no se alcanzan a maquillar.
La mujer fingirá o disfrutará, según las facultades del amante de turno. Y
enfocará su ojo avizor en búsqueda de señales inequívocas de cariño o afecto.
La mujer, buscará amor, abrazos y besos.
Luego de tres o cuatro noches en las que fue penetrada con furia, su deseo es
el vórtice de las manos que acarician la boca y la espalda. La mano que
envuelve y que acerca una copa o invita a comer.
El amante está en el mejor escenario para
una mujer que ofrecerá su cuerpo y su tiempo a cambio de horas de sexo y
placer. Y tendrá la posibilidad de crear un vínculo con una mujer que le desea.
O continuar huyendo, buscando, olisqueando, malqueriendo.
Lo mismo se aplica a la mujer que
encuentra al amante ideal y lo desecha al primer rayo de luna.
Amantes de turno y tráfico aéreo que
debían siquiera reseñarse, incluido el código postal. Quizá en una década
sea necesario realizar alguna prueba de ADN instantánea que ofrezca información sobre pasado inmediato y futuro próximo.
El juego sexual es una lotería para
quienes se entregan a la noche y sus desechos o triunfos.
El deseo encuentra su máximo esplendor
cuando el enfoque es la pérdida de la realidad con luces de neón, éxtasis,
licor y música electrónica. El peligro se asocia a la aventura, cuyas
consecuencias nunca se vaticinan en el espejo de los lavabos públicos. El olor
de la incertidumbre, nuevamente, conecta nuestros deseos más profundos con el
instinto de seguridad y autoconfianza, soy capaz de llevarme a la cama a quienquiera y
sigo como si nada.
Sube el telón. En el escenario, dos
amantes se entregan con fruición y las lenguas voraces se turnan para lamerse
boca y genitales. El placer es reciproco. El acto radica en entregarse y
abandonarse. Perecer o doblegarse bajo el peso o sobre el miembro del nuevo
desconocido. La entrega desmedida de fluidos corporales que serán eliminados en
la primera lavada. Imprescindible, para despojarse de confusiones o delirios. O
fascinante, si el encuentro íntimo fue radical, mágico. Sagrado, en el mejor de
los casos.
Nada mejor que prorrogar el momento del
baño para conservar por más tiempo el olor a semen, entre las uñas.
El recuerdo de alguna sonrisa, el gesto o
el grito de placer frente al milagro que acaba de suceder.
Los amantes se entregan y se juegan su
vida y su suerte por un encuentro con un desconocido que solo ofrece una
sonrisa y paraísos perdidos y posibles a partir de la nada.
De ahí que la vida bulle en hoteles con
habitaciones que se pagan por horas. El sexo es un juego, dulce y macabro como
el amor. Un pasadizo simultaneo al placer y a la muerte. No en vano, el orgasmo
es una pequeña muerte. Dulcísima. La esencia que obliga al delirio de querer
morir nuevamente. El sexo es el escenario fugaz donde declinan todos los
ángeles caídos.
(*) Karim Quiroga. Escritora y poeta colombiana.
Ganadora del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, estudió políticas de
integración de personas inmigrantes y mediación cultural en la Universidad de
Alicante. Ha publicado el libro'Retrato de un amante holandés'.

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