Otra manera de estar atrapadas en el discurso patriarcal.
LA NEGACIÓN DE LA AGRESIVIDAD FEMENINA
La mirada de género que nuestra sociedad ha construido respecto a la mujer no sólo la dibuja indefensa, sino que, del mismo modo, la contempla como un ser sin capacidad para agredir. Se cree incluso que las mujeres tampoco cometemos abusos.
Me sorprende una y otra vez, en los talleres que realizo, que la mayoría de las mujeres se muestren incapaces de reconocer y expresar su rabia. Es la emoción que más les cuesta transitar, la más prohibida, y acaba convirtiéndose en la más desconocida para ellas. Sin embargo, como cualquier otro mamífero, la mujer también tiene pulsiones agresivas. De hecho, un estudio realizado por la Universidad de Florida asegura que muchas mujeres jóvenes agreden y abusan psicológicamente de sus parejas. De los 25.000 hombres que participaron en el estudio, un 40% reconoció haber sido agredido por una mujer y verse obligado en más de una ocasión a realizar algo en contra de su voluntad.
No se trata de culpabilizarnos más, sino de recuperar, junto a la rabia, nuestra fuerza y capacidad para poner límites. Validar nuestra agresividad nos convierte al mismo tiempo en seres autosuficientes e independientes que no necesitamos protección porque nos valemos por nosotras mismas. Podemos ser «santas», «buenas», «cuidadoras» e «inocentes», pero también somos fuertes, deseantes, agresivas, capaces de defender, manipular, chantajear, luchar... Aceptar nuestra agresividad nos permite salir de las etiquetas que nos llevan al sometimiento y a la pasividad.
Sin ánimo de menospreciar la lacra social que representa la violencia de género, la mujer posee —en términos biológicos— un mayor dominio del lenguaje que el hombre, incluso durante la menstruación, cuando el cerebro femenino registra los niveles de estrógenos más bajos. Esta cualidad mejora nuestra capacidad para argumentar y ser superiores al hombre a la hora de negociar y discutir.
De la misma manera que los hombres agreden a las mujeres haciendo valer su fuerza física, en algunos casos las mujeres recurrimos a esta mayor capacidad verbal para violentarlos y agredirlos.
No olvido los más de seis mil años de maltrato y vejaciones que la mujer lleva soportando, ni mucho menos estoy hablando en defensa de los agresores. Solamente apunto que para ser coherentes y reivindicar nuestra libertad con mayúsculas, aquella libertad que surge tras el proceso de haber sabido desbrozar las creencias heredadas permitiéndonos abrir la mente a lo ajeno, es preciso reconocer también nuestra fuerza con todo lo que ésta contiene.
La sociedad venera el ideal de mujer autocontrolada, pero afortunadamente las mujeres reales son mucho más complejas, ricas en matices y muestran en más de una ocasión a lo largo de la vida que la visceralidad forma parte de ellas.
MIREIA DARDER
del libro Nacidas para el placer. Instinto y sexualidad en la mujer (Ed. Rigden-Institut Gestalt)
Me sorprende una y otra vez, en los talleres que realizo, que la mayoría de las mujeres se muestren incapaces de reconocer y expresar su rabia. Es la emoción que más les cuesta transitar, la más prohibida, y acaba convirtiéndose en la más desconocida para ellas. Sin embargo, como cualquier otro mamífero, la mujer también tiene pulsiones agresivas. De hecho, un estudio realizado por la Universidad de Florida asegura que muchas mujeres jóvenes agreden y abusan psicológicamente de sus parejas. De los 25.000 hombres que participaron en el estudio, un 40% reconoció haber sido agredido por una mujer y verse obligado en más de una ocasión a realizar algo en contra de su voluntad.
No se trata de culpabilizarnos más, sino de recuperar, junto a la rabia, nuestra fuerza y capacidad para poner límites. Validar nuestra agresividad nos convierte al mismo tiempo en seres autosuficientes e independientes que no necesitamos protección porque nos valemos por nosotras mismas. Podemos ser «santas», «buenas», «cuidadoras» e «inocentes», pero también somos fuertes, deseantes, agresivas, capaces de defender, manipular, chantajear, luchar... Aceptar nuestra agresividad nos permite salir de las etiquetas que nos llevan al sometimiento y a la pasividad.
Sin ánimo de menospreciar la lacra social que representa la violencia de género, la mujer posee —en términos biológicos— un mayor dominio del lenguaje que el hombre, incluso durante la menstruación, cuando el cerebro femenino registra los niveles de estrógenos más bajos. Esta cualidad mejora nuestra capacidad para argumentar y ser superiores al hombre a la hora de negociar y discutir.
De la misma manera que los hombres agreden a las mujeres haciendo valer su fuerza física, en algunos casos las mujeres recurrimos a esta mayor capacidad verbal para violentarlos y agredirlos.
No olvido los más de seis mil años de maltrato y vejaciones que la mujer lleva soportando, ni mucho menos estoy hablando en defensa de los agresores. Solamente apunto que para ser coherentes y reivindicar nuestra libertad con mayúsculas, aquella libertad que surge tras el proceso de haber sabido desbrozar las creencias heredadas permitiéndonos abrir la mente a lo ajeno, es preciso reconocer también nuestra fuerza con todo lo que ésta contiene.
La sociedad venera el ideal de mujer autocontrolada, pero afortunadamente las mujeres reales son mucho más complejas, ricas en matices y muestran en más de una ocasión a lo largo de la vida que la visceralidad forma parte de ellas.
MIREIA DARDER
del libro Nacidas para el placer. Instinto y sexualidad en la mujer (Ed. Rigden-Institut Gestalt)
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