Recientemente, Diego Armando Maradona, considerado por muchos el mejor jugador de fútbol de todos los tiempos, reconoció a su primogénito.
En una entrevista me preguntaron mi opinión sobre este tema.
La historia es conocida: hace casi 30 años, Maradona tuvo un hijo con una mujer que no era su novia oficial y, sistemáticamente, negó su paternidad (y realizarse los estudios de ADN solicitados por la justicia que podían haber deslindado o confirmado su responsabilidad) en cada oportunidad que tuvo. Además, lanzó toda clase de acusaciones y de improperios contra ese niño, y le negó toda posibilidad de acercamiento.
Después de tres décadas de buscar por todos los medios ser aceptado, su hijo, Diego Junior, haciendo gala de una tenacidad y de una integridad admirables, logró su objetivo: el abrazo tan deseado entre el hijo y el padre.
Mi opinión es que, ante todo, están los derechos de los hijos.
En relación con este tema, todo hijo tiene derecho:
– a su identidad y a llevar el apellido que le corresponde.
– a ser aceptado y reconocido por su familia (tenga o no trato con sus integrantes).
– a no ver su calidad de vida disminuida a causa de que su padre o madre no se hacen cargo de sus actos.
– a no cargar culpas por “errores” o “deslices” de los mayores.
– a no ser considerado ni un “error” ni un “desliz”, ¡los adultos somos responsables de nuestras acciones y de nuestras omisiones!
– a que se lo cuide y se lo mantenga alejado de situaciones desagradables.
– a no ser objeto de malos tratos verbales ni de ninguna otra índole.
En este caso en particular, Diego Junior tuvo una conducta muy saludable y reparadora, digna de imitar: lejos de albergar resentimientos, ira o dolor (que dadas las circunstancias, estarían plenamente justificados), prefirió dejar los sinsabores en el pasado y apostar a crear, de ahora en adelante, un vínculo basado en el amor y en todo lo bueno que fluye en una relación afectiva entre un padre y su hijo.
¡Enhorabuena!

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